LAS PERAS DE LA FRUTERA


No entiendo por qué hace tanto calor si estamos en febrero. ¿Para qué me habré bajado la cazadora? Total para ir a la tienda a comprar verduras y algo de fruta... Me tengo que hacer con un termómetro portátil para llevarlo siempre con migo. Así sabré a que temperatura está el día y las cosas a mí alrededor.

¿Y si todo cambiara su temperatura normal? ¿Cómo sería un agosto con guantes y bufanda? Habría que cambiar los días de vacaciones. ¿Y si las patatas salieran de la tierra congeladas? Igual viene bien para conservarlas. ¿Y si no pudieras coger las peras de los árboles porque queman? mmm peras calentitas…

Siempre olvido el camino corto a la frutería más barata y animada del barrio. Yo creo que esta manzana tiene por lo menos ocho esquinas.

Bien, la frutería-verdulería La Esquina está en pleno jolgorio.

- Pues a mí me robaron en el piso hace poco y luego la policía no me dejaba entrar en mi casa porque decían que tenían que tomar las huellas digitales. ¿Y a dónde voy yo sí no puedo entrar en mi casa?- continuaba la conversación la señora al lado de las cebollas frescas.

- ¿Y qué vino Greeson a tu casa a tomar las huellas?- vaciló la reponedora.

- júas júas…- rieron en la sección de cucurbitáceas. Las únicas al parecer que sabían que Greeson era el protagonista de CSI.

- Si parece que las leyes están hechas para los malos. A los que nos portamos bien cachondeo y a los chorizos cuatro días en la cárcel y luego a la calle.- Aprovechaba su turno una señora gorda mientras desistía de la seria acción de seleccionar la mejor piña.

- Ya me gustaría verte a ti sin pela para comprar zanahorias.- Masculló la más bajita, que justo divisé en ese momento detrás de las patatas, a la vez que llenaba su meticuloso cesto con una pieza más de tubérculos.

- Nena que yo te he dicho un cuarto de champiñones no 260.- Se quejaba una señora con más gafas que cara mientras le atendían en caja.

- Pero si es que te sobra medio champiñón. ¿Qué hago, lo muerdo?- Dijo con burla la frutera a la vez que agitaba el champiñón entre su boca y la bandeja de donde venía.

La frutera peinaba media melena con tonos berenjena, labios finos rematando una boca carnosa y ojos robados a un olivo andaluz. Custodiaba el género exclusivo, champiñones, setas, condimentos y las peras.

Una vez había pasado sin quererlo por las secciones de tubérculos, legumbres y hortalizas y comprando sin ningún interés, igual que en el IKEA, llegué a caja. Miré las piernas robustas y enraizadas en zuecos de la frutera, ascendí por las setas, el perejil y las peras hasta llegar a los ojos como frutos del olivo que se calzaba la tendera.

- Un par peras maduras por favor-. Medio hablé medio tartamudeé a la vez que escapaba de la mirada imprudente de la chica.

Parecía que se guiaba más por el tacto que por la vista. Cada fruta era acariciada con el exterior de los dedos, igual que se comprueba la temperatura en una persona. Sacudió la bolsa de papel y metió dos piezas haciendo un pequeño puzle con las peras.

- Aquí tienes majo, tres euros con veinte. No te olvides de comerte pronto las peras que si no se pasarán.

- Las comeré antes de que se enfríen.- Contesté ante la mirada cómplice de la frutera.

El paso ligero hasta casa provocó que llegase con un leve jadeo. La ansiedad hizo que me desentendiera del resto de la compra para centrarme en la fruta.

Sentado a la mesa de la cocina deshice la bolsa de las peras. Estaban calientes. Treinta y siete grados de jugosa pulpa, piel y semillas.

Todavía con la boca manchada de zumo agradecí a la frutería La Esquina por tener empleadas ricas como vegetales y frutas calientes como personas.

Miguel Lara.